A Trump se le puede criticar por muchas cosas, pero no por no tener un perro en la Casa Blanca

Los perros, desde la más feliz ignorancia, han pasado a formar parte de la artillería demócrata de EE UU durante estas víricas elecciones. Hace pocos días hicieron público un vídeo que recordaba los perros presidenciales concluyendo que “los perros nos hacen mejores personas ¿por qué no hay un perro en la Casa Blanca?” para poner en evidencia que Donald Trump es uno de los pocos presidentes estadounidenses que no ha tenido mascota, el primero en unos cien años (aquí tenéis toda la lista de perros presidenciales) y dando a entender que es peor persona por ello. No como Biden, que tiene a Champ y a Major, una reciente incorporación que fue adoptado, no comprado, que da mejor imagen aún en estos tiempos modernos. “Elige a tus humanos sabiamente”, concluye la campaña, cuya página web oficial tiene una web que invoca el voto de los amantes de los animales.

Un despropósito. En primer lugar porque es ridículo afirmar que tener un perro te haga mejor persona. A muchos los perros (o los gatos o los caballos) solo les sirven de sparring para su crueldad o indiferencia. Todos conocemos a seres bondadosos que no soportan a los animales y a otros que dicen amarlos y cuanto más lejos los tengamos, mejor. Tener un perro, que te gusten los animales, puede hacerte parecer mejor persona, puede humanizarte, eso sí. Pero esa es una película muy distinta que se traduce en estrategias de imagen, publicitarias y electorales.

A Obama prácticamente le obligaron a tener perro, pese a tener alergias en casa. Los había que no concebían que no hubiera perro presidencial, así que llegó primero Bo poniendo de moda los perros de agua (de lo que me parecen las peligrosas modas con seres vivos ya hablaremos otro día) y cinco años después Sunny, ambos convertidos en auténticas estrellas. Ese revuelo en torno a la compra o adopción de un perro por parte de los Obama ya me pareció ridícula entonces.

No es obligado tener un perro en La Casa Blanca, no es obligatorio tenerlo en ninguna casa. Solo deben estar en las que los quieren de verdad.

(THE WHITE HOUSE – FLICKR)

Tenerlos o usarlos para tener rédito político tampoco me complace especialmente; por eso tampoco me gusta el vídeo, por mucho que desee que Trump, que solo usa a los perros como término para insultar a sus enemigos, desparezca del gobierno yanqui.

En España no pasa. Aquí los políticos no utilizan a los animales, no demasiado al menos (seguro que estáis recordando ahora a Pecas, el perro de Esperanza Aguirre). Es poco probable que recordemos, por ejemplo, si Zapatero o Aznar tenían perro (que sí tenían), y mucho más fácil que nos acordemos de los perros de Obama o a Socks, el gato de Clinton. En Estados Unidos no hacerlo es impensable, hasta el punto de que los perros y gatos presidenciales son celebridades que acaparan estratégicamente titulares y protagonizan felicitaciones navideñas.

Y siempre me ha parecido que estas estratagemas de lavado de imagen lo que hacen es tomar por tonto al elector. Una versión solo ligeramente menos obvia que los afortunadamente ya erradicados besos a bebés. A quién votemos para que nos gestione, para que en estos días capee una crisis sanitaria sin precedentes, no debería estar influido por si tiene perro, gato o prefiere relajarse podando bonsáis. ¿No os parece?

(Esperanza Aguirre / flickr)